lunes, 1 de agosto de 2011

Rebeca esclava de una ilusión

Rebeca esclava de una ilusión.



Esa noche cuando rebeca despertó al escuchar los sonidos agudos que provocaban los herrumbrados resortes de su cama, cayó en la decepción de que otra vez había estado soñando.

Había soñado que regresaba a su gran mansión, después de una grata sena con  el presidente y la primera dama.

En la ancha puerta de cristal corrugado la esperaba su ama de llaves. Rebeca subía lentamente los anchos escalones enladrillados de la entrada. Mientras contemplaba el estrellado cielo, posado sobre su jardín, con el cuidado sigiloso para no pisar su fino vestido importado para la ocasión desde Italia.

 Al llegar a la puerta el ama de llaves con presteza preguntaba:

_ Madame Rebeca ¿cómo estuvo la cena?

_Digna de reyes Merry, digna de reyes.

Pero ahora Rebeca había despertado; y en su techo las ratas peleaban quien sabe qué, quizás era el pedazo de queso añejo que había quedado sobre la mesa. “No creo que toleren comérselo” _pensó.

Mientras Rebeca se volvía para conciliar nuevamente el sueño, Su cama cual maraña de cascabeles, parecía empeñarse en torturarla con su realidad. En medio de lo que debería ser su descanso, su cama le recordaba lo desagradable y penante de su pobreza.

En la mañana se levantó temprano, notó que las goteras habían hecho fiesta en el piso de la casa. “Después de todo”_ pensó_ “Nada hacía con secar la humedad del piso, si no podía secar la humedad que desde hacia tantos años albergaba en su vida”.

Salió mas temprano que de costumbre, porque necesitaba pasar al centro a comprar pintura. El frente de aquel caserón pedía a gritos un poco de matiz que le diera vida a los viejos tablones llenos de polillas.

_Tan temprano para la embajada, Rebeca?

_¡ Si doña Angelina! El cónsul y yo necesitamos charlar con el ministro de relaciones exteriores. Estas gentes del gobierno son muy ocupadas pero gracias a mi amistad con el ministro, esta mañana el cónsul hablará en confianza con él.

Doña Angelina, al igual que algunos del barrio, desconfiaban de la veracidad de esa vida llena de políticos, cenas importantes y viajes que con frecuencia Rebeca narraba a sus vecinos.

Entre la gente del barrio surgían inquietudes:

¿ Por qué Rebeca, si era un personaje importante, viajaba en colectivo, vivía en un viejo caserón y en uno de los barrios mas pobres de Cartago; Sin embargo, la seguridad con que Rebeca contestaba cada una de las preguntas de sus vecinos, hacía que ellos se terminaran conformando.

 _ ¿Cómo se llama tu puesto?_ Le preguntó una ves el pulpero.

_ En realidad mi puesto no tiene un nombre concreto, así como decir diputada o abogada; pero se podría decir que soy la mano derecha del cónsul.

_ Y por qué con semejante puesto, no ha comprado usted un buen automóvil_ Le había preguntado el vendedor de lotería.

_ Dios me libre de manejar tan diabólico aparato _contestaba_  Yo no nací para manejar un auto_ y se persignaba.

Estas y muchas otras preguntas, Rebeca contestaba como quien vive encarnadamente cada una de las historias que contaba.

La fineza de aquellos sacos con que cada mañana se vestía no se encontraba mas que en esa mentira, una novela, su vida, esa fantasía que convertía la ropa comprada en tiendas americanas en ropa de boutique como de ves en cuando sin ninguna necesidad le presumía a alguna de sus vecinas.

 No vivía en aquel  caserón por los viejos acabados arquitectónicos, si no que fue la única pertenencia que le dejaron sus abuelos al morir. No conocía a ningún Ministro y mucho menos trabajaba con el cónsul.

Rebeca no era más que una empleada doméstica al otro lado de la ciudad. Con un mísero salario que apenas alcanzaba para el arroz, los frijoles y darse el lujo de comprar unos huevos.

 Mas que mentiras eran ilusiones, la cuarentona soltera del barrio, había sabido guardar muy bien mas que mentiras sus sueños.

 La vida le había ayudado con su secreto, hacia ya diecisiete años que era parte de si misma, diecisiete años de intentar vivir una vida que jamás sería suya.

La única ves que su ilusión casi se le viene abajo, fue el día en que un vendedor llamaba en la entrada de la casa donde ella trabajaba. Al mirar por la ventana, cual sería la sorpresa de Rebeca, era su vecino Rodrigo. Si el polaco que vivía a dos casas de la suya. Por un momento pensó que el mundo se le caía encima.

No abrió, ¿Qué hubiera pensado aquel hombre si la veía salir por esa puerta?

Los ahorros de tres meses, le habían alcanzado para comprar dos tarros de pintura de segunda clase, pintura “blanca hueso”. Imaginó que con ese color, aquel viejo caserón quedaría semejante al castillo que vio en la página suelta de una revista.

 Ese domingo por ser día libre Rebeca aprovechó para pintar su casa, la noche anterior soñó que se encontraba en la terraza del castillo de la revista, frente a ella se erguía una larga fila de sirvientes y ella les daba órdenes.

Despertó media hora antes de la que tenía prevista, cuando dos gotas de sereno le cayeron en la frente.

Comenzó a pintar del piso hacia arriba.

Pobre Rebeca, ahora pretendía ocultar su realidad con pintura barata…

La pintada le rindió, durante la mañana logró pintar la pared, desde el piso, hasta donde su altura se lo permitió, tan solo le faltaba la única parte alta de la casa que estaba al centro de corredor.

Cada brochazo de pintura una ilusión mas que plasmaba en la pared, una cadena más que ataba su mente.

Rebeca apoyó una escalera en una de las columnas devastada por las polillas, que sostenían el techo, mientras pintaba aquel semipodrido trozo de madera, se imagina, sentada en la alfombrada recamara de aquel castillo. Ahora se dirigía hacia la terraza, a contemplar el atardecer, mientras Rebeca creaba nuevamente aquel mundo levantaba su pié derecho como si quisiera caminar hacia alguna parte “! Tal ves a la terraza ¡”

Quiso apoyar su pié en aquel piso de sus sueños; pero se cayó de la escalera, y su frente fue recibida por las piedras grandes que rodeaban la macetera.

La sangre empezó a bajarle por los hombros, mientras su mirada se perdía en la nada, después  miró su blusa como intentando descubrir la humedad que le bajaba. Ahora, estaba vestida de rojo de fiesta. Luego levantó la mirada y vio que una limosina negra la esperaba con la puerta abierta, extendió la mano como para alcanzar la puerta de aquel auto; pero la mirada perdida de Rebeca se ocultó bajo sus párpados y su mano quedó abierta, como esperando recibir aquella ilusión que siempre anheló.





Dariel Fallas Mora

Septiembre 2004





 








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